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San Sebastián 2018: El reino

A estas alturas se ha escrito mucho –y seguro que muy bueno– sobre El reino, por aquello de haber sido estrenada en cines y por tratarse de una de las apuestas más fuertes de la cosecha nacional en 2018. De lo que no se ha escrito demasiado es de lo contradictoria que resulta en tanto película sobre la corrupción política en nuestra querida España. Quiero decir, que Cristina Cifuentes publique una foto con Antonio de la Torre en redes sociales deshaciéndose en elogios hacia la cinta debería, cuando menos, sembrar la duda. Y, por lo poco que he tenido ocasión de leer, ese gesto ha sido recibido como algo natural; tan natural como que un partido archiconocidamente corrupto salga una y otra vez como el más votado por los ciudadanos.


Aunque por aquí estamos totalmente en contra de la nada reflexiva y facilona solución de culpar a los ciudadanos, más propia de los gobernantes que de un cineasta, la idea más abyecta del filme se basa en ese peligroso principio: una vuelta mal dada es escenificada de tal manera –mediante planos detalle y primeros planos del rostro del ladrón– que sitúa a la gente de a pie a la misma altura que al protagonista o a cualquiera de sus compañeros de partido. Después de ese detalle, digno del peor Ruben Östlund, y de las múltiples ocasiones en que se trata de reforzar de un modo u otro el argumento de que todo está podrido –se hace referencia en más de una ocasión al sistema como mal endémico y origen de todo, así como, pese a la renuncia expresa de poner nombre y apellidos al partido implicado y a la Comunidad Autónoma en que se desarrolla la trama, se pone en boca de un personaje un precioso “hay gente de todos los partidos” al revisar una de esas famosas libretas incriminatorias–, o de que, a fin de cuentas, los políticos también son seres humanos, resulta poco coherente que el retrato criminal de los mismos alcance incluso el asesinato. Lo más lógico es pensar que todos los giros del guion están confeccionados por y para el thriller, y que el realismo y la mordacidad de algunos momentos no son otra cosa que un vehículo para que funcione a la perfección esa película de ritmo adrenalínico que quiere ser El reino, situándose así la forma –en el sentido más amplio del término– por encima de cualquier discurso, hasta el punto de lograr que este acabe anulándose a sí mismo.


El reino es poseedora un aparato formal de lo más llamativo, y así se encarga de hacérnoslo saber desde su primera escena: un largo y hasta cierto punto virtuoso travelling de seguimiento que, al ritmo de una machacona música electrónica de uso indiscriminado a lo largo del metraje, nos sitúa en una amistosa comida de celebración de los miembros del partido en un restaurante costero. Otro de los problemas de su discurso, o quizá más bien un síntoma de la superficialidad con que abordan Rodrigo Sorogoyen y su coguionista habitual Isabel Peña el problema de la corrupción, es que en ningún momento intenta estudiar o comprender de qué modo los políticos son víctimas de esa maquinaria que lleva años engrasada, como dice en un momento el personaje interpretado por un desatado Antonio de la Torre. Por lo tanto, no se hace ningún hincapié en el origen de la corrupción, ni siquiera en el modo en que esta afecta a los individuos que la acaban ejerciendo en primera fila. Si en el terreno del thriller esto no tiene por qué ser un problema, en el de película sobre la corrupción se trata de uno de envergadura. Eso sí, para dar rienda suelta a la máquina de la empatía hay un par de escenas a todas luces prescindibles.


Sobra decir que, aunque decepcionante en la mayoría de aspectos, el tercer largometraje de Sorogoyen en solitario cuenta con algunos méritos de entidad. Construida desde el principio a base de largos planos en movimiento y de conversaciones muy mal planificadas en cuanto el arte del montaje entra en juego, la película se libera por completo en su último tramo, cuando el camino de supervivencia a seguir por el corrupto protagonista se vuelve más peligroso y, por ende, espectacular. El plano secuencia pasa a ser desde ese momento el eje angular sobre el que pivota la narración, y las limitaciones escénicas del cineasta madrileño se convierten en una simple anécdota, que demuestra manejarse mucho mejor en el disparate y la grandilocuencia que en ese falso y forzado naturalismo del que tanto le gusta hablar. Después de un tramo trepidante y vertiginoso, ya sin ataduras políticas y sin la más mínima posibilidad de profundizar, la escena de cierre reafirma las contradicciones discursivas de un filme blando y superficial: un violento y efectista intercambio de opiniones en un directo televisivo entre Bárbara Lennie y Antonio de la Torre. No por casualidad ambos discursos fueron fervientemente aplaudidos por los acreditados presentes en el Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián, creando una indignante sensación de ambigüedad. Si el poder protege al poder, a Sorogoyen no parece incomodarle mucho. ¡Que viva Atresmedia!

PD: Albert Rivera ha publicado este maravilloso tweet mientras escribía el texto.


El apóstata - Caótico proceso



el pelele está malo, ¿qué le daremos?
una zurra de palos que le matemos.
el pobre pelele, el empelelao,
se tienta lo suyo, lo tiene arrugao.
le da con el dedo, lo quiere mullir, el pobre pelele se quiere morir.
el pelele está malo, ¿qué le daremos?
agua de caracoles, se pondrá bueno.
El apóstata cuenta la historia de Tamayo, un hombre de unos treinta años que, unido toda la vida a una religión que no comparte -el catolicismo-, decide apostatar para que así su nombre sea eliminado de todos los registros y cualquier vínculo con la iglesia desaparezca. Para ello deberá soportar un arduo proceso, repleto de trámites burocráticos y voces que cuestionan sus actos. Además existe un añadido bastante curioso: Tamayo es un ser descuidado, incapaz de terminar su carrera y que desea a su prima, lo que hace que a ojos del resto de humanos su decisión de apostatar sea vista como un mero capricho.


Federico Veiroj, que vivió unos años importantes de su vida en Madrid, decidió hacer esta película cuando su amigo Álvaro Ogalla, protagonista y coguionista de la misma, le contó su odisea a la hora de apostatar. Así, el director uruguayo alterna en esta deliciosa comedia el seguimiento casi documental de su protagonista -siguiendo la línea de lo que hizo en La vida útil-, con los delirantes episodios que tienen en lugar durante el proceso, complementados maravillosamente con las ensoñaciones del protagonista y con un uso siempre adecuado de los elementos cinematográficos.

A pesar de su liviandad y su estatus casi predefinido de película pequeña -por su presupuesto, sus pretensiones…-, El apóstata acaba colándose en esa categoría que alberga múltiples obras que, por diversos motivos, adquieren mayor entidad y trascendencia de lo que trasmiten sus propias intenciones. Porque sí, El apóstata es una de esas pequeñas grandes películas; de las que contienen lecturas y apuntes más que interesantes bajo su aparente simpleza. Veiroj consigue deleitarnos, a pesar de las escasas dimensiones de la propuesta, con su inagotable imaginación. Una cinta repleta de detalles, muchos de ellos aplicando múltiples referentes sin perder un ápice de personalidad.


Existe un pequeño peligro que, sin embargo, es sorteado con extrema facilidad. No obstante, no descarto que determinadas personas puedan sucumbir al encontrarse con un personaje protagonista un tanto apático. En cualquier caso, yo me contagio de la inusitada simpatía que desprende, que a mi juicio es fruto de esa misma apatía que muestra frente a ciertos aspectos de su vida. El apóstata, que remite no pocas a veces a El proceso -obra literaria o adaptación cinematográfica, igual da-, se sitúa como una de las mejores películas presentadas a competición en la última edición del Zinemaldia. Para este cronista se trata, además, de la mejor película española -si se me deja considerarla así- de este 2015.

Por si fueran pocas las virtudes de la cinta, también esquiva cualquier posibilidad de tildarla como crítica gratuita y desmedida a la señora institución llamada iglesia, pues el dibujo de un protagonista tan… ¿perezoso? aumenta las miras y el discurso, no saliendo ninguna de las partes bien parada. El humor surge a partir de dos posiciones completamente opuestas. Si menciono esto es, principalmente, porque ya he leído alguna opinión descalificando la película por ser una crítica injustificada a la iglesia y el catolicismo. Que nadie, independientemente de sus ideas o creencias, se aleje de esta genialidad por leer tales estupideces.